15 may. 2014

La violencia de la realidad en el momento de aplastar al subcosciente

Como si se tratara de una ráfaga de cierzo que entra por tu ventana hasta colarse en el interior de tu cuarto, la inspiración llega cuando menos la esperas. 
   En este caso, me encuentro divagando entre el sueño y la prosa mientras hago esfuerzos por mantener los ojos abiertos y vomitar todas las imagenes que se me representan en mi interior. 

El significante echo de no estar en mi habitación, ni siquiera en mi casa, también ayuda a que prefiera el calor de las teclas del ordenador que me han prestado para trabajar, a la humedad de una cama ya ocupada en la que me veo obligado a dormir por motivos ajenos que no pretendo explicar pero que seguro que están de alguna forma en el texto que voy a intentar transcribirles a continuación. 

Es muy posible que tenga más de una falta, que me haya dejado algún acento o haya colocado una coma donde no corresponde. Todo esto es posible debido a que una vez más la realidad quiere aprisionarse e impedirme robarle más horas al sueño.

Solo hay dos cosas que verdaderamente amo en esta vida; una de ellas son las armas de fuego, la otra es dispararlas.
   No se el motivo, ni la razón si la hubiere por lo cuál esto es así, pero únicamente me siento realizado con ellas. Es el deseo de emplearlas el que me levanta cada mañana, hasta en esos días en los que no querrías salir nunca de la cama. Pero luego me levanto y allí están ellas; me pongo a disparar... y siento la excitación de la muerte que me envuelve, hasta transformarse en un deseo que mayormente solo se cumple en mi imaginación, pero que a veces se convierte en realidad.

Pero no todo es tan bonito. Empecé a usar las armas porque era un cobarde, y para mi desgracia, esa situación apenas ha cambiado. 
   Toda mi vida he sido un cobarde incapaz de defender aquello que ha sido considerado como mío. Por culpa de esto perdí a mi familia y a mis hijos; a mis amigos y conocidos; por culpa de todo esto perdí mi vida...

Pero a cambio encontré a las armas. Y su incesante calor de fuego. 
   Al poco tiempo me convertí en un destructor. Un destructor de la belleza que impera en el mundo. Mientras ella siguiera existiendo, yo no estaría completo, porque al destruirla, la hacía mía absorbiendo su alma que pasaba inmediatamente a formar parte de la mía. 

Y entonces empecé a matar; como un depredador que lo consume todo a su paso. Pero no por necesidad; ni por hambre; ni siquiera por sobrevivir. Únicamente lo hacía por avaricia. Por que cuanto más tenía mi cuerpo, más quería mi espíritu. Ya he perdido la cuenta de a cuantas personas maté. No es que no recuerde el numero, es que mi cerebro se niega a seguir acordándose de ellas.

Lo que había empezado por placer y excitación, se estaba convirtiendo en una carga. Una terrible y pesada carga que ahora me quería a mí mismo. No le bastaba con toda la muerte de mi alrededor, ahora me quería a mí porque sin mi no podría subsistir nunca más. Y por eso me necesitaba.
   Me quería y me odiaba.  Y no pensaba parar hasta que me tuviera. Yo sabía que era mi fin y lo aceptaba. Era culpa mía que todo esto estuviera sucediendo. Por mi había empezado y conmigo acabaría. Eso era lo justo. Eso era lo que tenía que pasar para que todo volviera a la normalidad.

   No recuerdo más que el silbido de una bala que dejaba atrás una pequeña y controlada llamarada viniendo hacía mí. Eso era lo último que recuerdo, así que supongo que eso fue mi final.

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