3 abr. 2014

La incomodidad de la vida cotidiana

Últimamente he desarrollado una extraña fascinación por los insectos que pululan mi habitación; en ocasiones, entre las rendijas del tejido que cubre mi ventana los días soleados; en otras, por el interior de mi enfermiza imaginación.
   Sea como fuere, hay una escena que presencié hace algunos cuantos años y que ahora ha vuelto a mí en forma de angustiosos sueños entre la madrugada de la noche y la primera alba de la mañana que descubre mi habitación de oscuridad. 

Me gustaría contar mi sueño tal cual lo he recordado mientras escribía estas febriles líneas, pero siento que ya voy a extenderme demasiado y prefiero transcribir un pequeño relato que inspiró ese infantil acontecimiento. 

Sean generosos, y si no les gusta, lo cual es bastante probable, no hace falta que vengan a contármelo. 

Una mosca revolotea por las entrañas de una habitación. Se  posa en cada mueble, en cada músculo vivo que encuentra a su alcance, en cada luz que brilla y despide su aliento de calor.
   Atrapada entre cuatro paredes, no puede escapar de la habitación. Es su placer y su tormento. Su vida y su tumba.

Una mano se posa sobre las teclas de un ordenador encendido. Está lleno de polvo, pero aún funciona a su manera. La mano escribe palabras imposibles que seguramente solo existen en la imaginación de su autor, mientras la mosca revolotea a su alrededor.
   De pronto, cansada de tanto volar, se para sobre la pantalla a esperar que la mano se quede quieta, inmóvil, para que pueda captar todo el rico jugo que almacena su alimento preferido. 
   La mosca va bajando sin que la mano se entere, o quiera hacer algo por espantarla. Va bajando muy lentamente, parándose de vez en cuando para observar todo a su alrededor y poniéndose en alerta por si la cruel mano intentara darle caza.

De repente, la oreja del poeta que es dueño de la mano que escribe, se activa con el zumbante compás de una segunda mosca que viene revoloteando desde detrás de su cabeza.
   La primera mosca, al oírla también, se aparta de su camino para ir a reunirse con ella en otro rincón de la habitación, lejos de la mano que escribe; para idear juntas un plan de ataque contra su enemigo.
   Las dos moscas se paran en una estantería del fondo de la habitación, sin embargo y sabiendo que cuando ataquen para extraer el líquido que tanto les gusta su muerte es un hecho, olvidan sus planes para copular sin descanso y sin que nadie más que ellas le importe. 
   Pasan los minutos y ahí siguen nuestras moscas, copulando y discutiendo; discutiendo y copulando, hasta que al fin, la primera mosca, la más antigua, decide que es el momento de asumir los riesgos y atacar, porque después de tanta cópula, está hambrienta y necesita alimentarse.

Deja atrás a una embarazada mosca más joven y emprende el vuelo rumbo al viejo ordenador donde la mano sigue escribiendo palabras, letra por letra. Cuando llega a su destino, se posa en la rosada piel, entre una maraña de pelos y abre su mandíbula para desgarrar los tejidos que dan paso a una pequeña pero suficiente cantidad de sangre de un rojo tan intenso como unos labios de mujer.
   Pero la mosca está tan concentrada en sus acciones que no escucha ni ve venir la mano por encima de ella que acaba con su vida aplastándola. un golpe seco y cruel, cargado de sadismo hacia las pequeñas criaturas que solo intentan alimentarse para poder sobrevivir.
   Pero al margen de esta acción de la mano derecha del poeta, su izquierda sigue escribiendo aliteraciones ajena a todo lo que no sean palabras y letras.

La mosca embarazada da a luz a los huevos bañados en sudor que ocultaba en su interior. Son huevos que más bien parecen larvas, y que ven la habitación del poeta por primera vez en su todavía temprana vida, y que esperan su crecimiento sobre la estantería donde descansa la madre muerta. 

A pesar de lo que casi siempre suele decirse: la ficción casi siempre es más interesante que la realidad. 

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